sábado, diciembre 31, 2005



Me encuentro preparando un viaje soñado. Mientras pienso cosas relacionadas, recuerdo un paseo al norte argentino que hice con mis amigos de toda la vida, cordobeses ellos, Ana y Martín Ruiz. En medio de la búsqueda por Internet de datos que contribuirán a mi viaje, me tiro al Outlook y les mando el siguiente mail:
Hola, Anita y Martín: ¿cómo están?
Saben por qué les escribo? No soy de mandar saludos de fin de año, esa es la verdad. Lo que ocurre es que estoy planeando un viaje a Salta y Jujuy y, por supuesto, ¿de quién me acuerdo? ¿Se acuerdan cuando fuimos juntos, con la
excusa de que yo tenía que hacer encuestas y recorrimos y visitamos los parientes de Martín... ¡Qué viaje! No sé si hice otro igual en mi vida, incluyendo el exterior...
Les mando un gran abrazo y me acerco como puedo. Extraño tomarme un jugo de pomelo con Martín (casi digo vino, ni hablar!). Chau a los dos y sepan que los recuerdo siempre con afecto y alegría. Graciela Berchesi.

Y en otro mail, pegadito, agrego: Se me ocurrió que a lo mejor para fin de año están en Buenos Aires. Nosotras nos reuniremos con un grupo después de cenar. Si les cuadra, vénganse. No hay que traer nada porque es después de cena. Siquieren venir a cenar, mejor aún. Sólo avísennos. Saludos, Graciela yCristina

A los pocos días, hoy mismo, Ana responde lo siguiente:
aclaración: "Nahuel" era mi perro de aquel entonces, un ovejero alemán. Viajábamos cuatro adultos en un Renault 4. El espacio no era un tema menor.
Querida Graciela: nos causó mucha alegría el recuerdo de aquel viaje memorable, con Nahuel incluído!!!! También una dosis de nostalgia por el tiempo pasado taaaaaaaaaaannnnrapidamente y sobretodo porque los primos de Martín, los dueños de casa ya no están, pero el registro de momentos tan hermosos "quedarán en nuestras retinas" (te suena la frase?!!) Sería hermoso poder compartir con uds. esta despedida de año, pero lo pasaremos en BellVille con unos amigos, porque las chicas vinieron para navidad, pero se tuvieron que volver por cuestiones de trabajo, de todas maneras le aceptamos la invitación para cualquier fin de año próximo, allá o acá en Córdoba y seguimos conectadas, aunque no nos escribamos tan seguido nuestra amistad sigue en pie como siempre, retomamos la conversación, virtual, cara a cara como si el tiempo no hubiera pasado, en eso le ganamos al "inexorable" un beso inmenso para uds. y que el próximo año sea lo mejor posible para todos Ana y Martín . Te mando un chiste muy bueno para empezar el año con sonrisas....Va en el próximo mail


Y le contesto, a mi vez:
Hay solamente una cosa inexorable, y es el amor. Entre nosotros hay uno viejo, añejo, añoso, profundo y coposo como un roble de más de treinta años. Que no nos asuste el tiempo porque el tiempo fue quien nos dio todas las posibilidades que desarrollamos y nos sigue dando para que cumplamos hasta el último sueño, hasta el último día. El tiempo de la adolescencia nos hizo encontrar y el tiempo de la madurez nos hace valorar aquello. Viva el tiempo nuestro, nuestro tiempo, el que usamos para ser.
Los quiero entrañablemente y me acuerdo de todo, todo lo que compartimos vive en mi corazón, como lo demuestra el contenido de mi último mensaje. Y propongo una variante para el festejo: nosotros decimos hace años que nuestra navidad, nuestro solsticio de invierno, el de este hemisferio, es el 24 de junio. ¿Qué les parece si vamos preparando un festejo de puta madre para ese momento del año? Acá, en Córdoba, o acá Y en Córdoba. Nos debemos tantos cuentos, Martín... Ana, tantos abrazos... Si lo dejamos pasar, luego sólo nos restará lamentarlo. Un gran abrazo, Graciela.

viernes, diciembre 30, 2005


Hace varios días que no publico una entrada. Pero me he mantenido trabajando con mi blog, insertando nuevas fotos en las notas e intentando cambios que aún no consigo. Leyendo sobre el tema e interesándome por aprender cosas, tal como en su momento me indicara Leandro Zanoni, alguien que sabe mucho de ésto.
El año 2005 termina y mi blog es uno de mis resultados más queridos. Junto con haber mantenido viva la relación que más estimo de todas las que disfruto, aún en medio de situaciones de angustia y temor, aunque nunca desesperanza.
También celebro haber reencontrado a José C. en la mejor situación, o sea pudiendo repasar con él mis cosas difíciles y recibiendo una invalorable ayuda. Haber conocido a Alejandro Rozichtner, cuyo pensamiento me atrae y reivindica muchas de mis ideas más defendidas.
Festejo asimismo el programa de radio, sobre todo el de trasnoche, donde pude relacionarme con maestros y ponerlos al aire para que muchos disfruten de su sabiduría genuina.
Es de tomar en cuenta mi intento de afiliarme a una Obra Social sindical, en especial la de Gastronómicos, a la que mi padre perteneció por años. Quizá en los comienzos de 2006 pueda concretarlo y gozar de una mínima cobertura que hasta ahora me faltaba.
Planeo un viaje de vacaciones en grupo, un sueño acariciado mucho tiempo y que está a punto de cumplirse. Hace por lo menos diez días que pongo todo de mí para realizarlo.
Mantuve mi relación con la música a través del bandoneón, cosa que valoro mucho aún con sus altibajos. Entró en mi círculo Juan Martín F., tan afectuoso conmigo que contribuyó a mejorar mucho mi vínculo con el instrumento y el estudio.
Descubrí a Alicia Steimberg, con la que volví a querer conversar, fuera de casa.
Pude comprar algunos regalos y favorecer la obtención de otros por parte de mi grupo familiar. También pude darme algunas cosas que me eran indispensables, aunque no lo sabía.
Entiendo que estoy en una curva interesante que me lleva a acabar con mis compromisos económicos más cargosos. Creo que 2006 será el tiempo de salir de un atolladero que comenzó en 1998 con un hecho que aún no alcanzo a comprender del todo: me refiero a la muerte de mi padre. Sin embargo, cada vez puedo más con ésto y mi ánimo está en alza.
Con esfuerzo mantuve la relación con mi madre y procuré cuidados para ella durante todo el año.
En casa, entre todos cuidamos a China y ella es la guardiana de nuestro domus.
Me acerco a los sesenta años, no sin temor.

domingo, diciembre 25, 2005


Es notable como se puede disfrutar de las personas si no las obligamos a ser perfectas o servir para todo. Quizá sea por no ser llamados "good for nothing" que intentamos practicar la omnipotencia o pretendemos que otros lo hagan para nosotros. Digo, a lo mejor la aspiración consiste en ser "buenos para todo" y, por lo tanto, exigirle a los demás que lo sean. Si en cambio tomamos de nosotros mismos -y de los otros- lo que podemos -y pueden- dar sin esfuerzo, lograremos que nuestro grupo tenga numerosas experiencias de satisfacción que, además, podrán ser vividas como productos del conjunto, lo cual agregará una dosis interesante de placer.

lunes, diciembre 19, 2005


FIN DE CICLO

Vengo de la radio. Son las cuatro de la mañana del lunes 19 y me dispongo a disfrutar del silencio y la soledad, mientras escribo esta nota.

Fue nuestra última emisión en vivo del ciclo de trasnoche. Sé que necesito esta liberación, pero no puedo negar que me duele alejarme y temo siempre no tener oportunidad de volver. La despedida de Daniel Colao me conmovió. “Fue un gusto”, dijo. Sentí que era verdad: para mí también lo fue. Un hombre parejo, infaltable, trabajador, que nos ayudó en todo lo que estuvo a su alcance.

Colonia fue una radio que nos cambió el target. Gente mayor, de más de 45 en su mayoría, de buen nivel intelectual y social, dispuesta a aprender cosas y a pasarlo bien. Sobre todo esto último. Gran apertura de criterio, mucho reconocimiento por nuestra labor y muchas expresiones sinceras de cariño. Con algunas hemos desarrollado lazos valiosos, abiertos, fecundos.

“Una mirada singular” sección trasnoche se emitió durante la madrugada de los lunes, entre la una y las cinco de la mañana, durante el lapso transcurrido entre el 1º de febrero y el 31 de diciembre de 2005. La temporada se dividió en diferentes ciclos: consultas telefónicas al aire, psicológicas, y corporales; visita al piso de maestros en distintas especialidades; desarrollo de temas y consignas para la participación telefónica de los oyentes. La foto de arriba pertenece a la visita de Gachi Leibovich, exquisita cantante y maestra de canto.

Me interesa señalar que este es el vigésimo año que hago radio en forma consecutiva, que fue particularmente grato hacerlo porque sentí que en Colonia ascendía de nivel y lo comprobé en la calidad de los componentes de la audiencia. Pudimos viajar tres veces con alumnos (a Federación, Entre Ríos), y una vez a Ituzaingó, provincia de Corrientes, donde los alumnos nos esperaban. Mantener comunicación (telefónica, postal y electrónica) con mucha gente del interior y del Uruguay en forma permanente es un resultado más de las características propias de esta emisora.

Un párrafo aparte para Cristina, mi co-equiper en “Una mirada singular”. Con su profesionalismo a ultranza y su capacidad de elaborar planteos siempre novedosos sobre la actividad corporal conciente, se lució también en la comunicación directa con la gente. La fuerte convocatoria a nuestros viajes a las termas se apoyaron, sin duda, en la propuesta del trabajo corporal en el agua, una de las más importantes novedades en la labor de Cristina. A través de la respuesta de ella a consultas telefónicas que salieron al aire, pudo verse la necesidad de las clases individuales donde muchas personas pudieron disfrutar de un tratamiento más apropiado de sus dificultades corporales.

Fue una experiencia rica en humanidad, donde el medio masivo se empleó para acercar a muchos a otros muchos y agrandar el abrazo fraternal que estamos buscando.

domingo, diciembre 18, 2005



INCENDIO EN EL BARRIO

Cuando salí de casa, mi vecino del lado izquierdo estaba en la vereda con el hijo y el perro labrador. "Se está quemando Felfort", me dijo mirando hacia arriba y en dirección a la manzana de enfrente, donde se podía ver un globo de humo marrón y, a ratos, negro.

Existe una relación particular entre la empresa y los vecinos, vinculada al placer que nos regala cada vez que llena el barrio de olor a chocolate. Algo que compartimos. Cosas que no se hablan con nadie.

Al instante se escuchó una explosión y vimos acercarse a dos bomberos con equipo completo, corriendo por la vereda de enfrente. Buscaban la forma de entrar a la fábrica por atrás. Con un empujón intentaron abrir, sin suerte, el portón del taller donde hasta hace poco trabajaban Osvaldo y su papá. Tocaron el timbre en la casa de la maestra de canto lírico. No salió nadie. Se volvieron hacia la avenida Díaz Vélez, donde ya se amontonaban las ambulancias y hacia donde se dirigía también, sirena ululante, un carro de bomberos de los que transportan elevadores que pueden cargar personas. Decidimos ir a ver.

Diría que fue grato llegar al incendio y caminar nuestras calles cruzándonos -una a una- con tantas caras archiconocidas, aunque difícilmente ubicables fuera de su contexto habitual. El mozo del bar de mitad de cuadra, la señora que reparte los pedidos de "Lo de Mario", los chinos del mercadito luciendo su nuevo nieto de no más de veinte días. (Le preguntamos qué nombre le habían puesto, nos dijeron "Diego" y nos pareció lo más natural). La señora de uno de los departamentos del pasillo largo, que está embarazada y no lo sabíamos. Saludé a casi todos.

El camión recién llegado cargó dos o tres bomberos en el elevador y comenzó a transportarlos en dirección a una azotea desde la cual se veía salir humo negro a través de dos ventanas pequeñas y redondas. A mi derecha, la señora del Laverrap comentó que lo que se quemaba era "la parte nueva" de Felfort. No había reparado en que ese edificio sobre la avenida pertenecía también a la fábrica.

Breves minutos después los representantes de la prensa desembarcaban en la esquina de Díaz Vélez y Gascón. Coquetas noteras micrófono en mano, escoltadas por sus respectivos camarógrafos, abordaban la información que brotaba de la boca de sudorosos y veloces bomberos, como de ignorantes pero imaginativos vecinos.
Me llamó la atención el grupo de operarios de la fábrica, vestidos de blanco hasta la cofia, reunidos en distintos puntos, cercanos todos al centro de las miradas. Se los veía conversar. Mostraban tensión. No se sabía aún si había personas presas de las llamas -o de la humareda- en aquella azotea que abordaron los bomberos elevados a máquina.

"A partir de ahora por muchos días los bombones van a tener olor a quemado", dijo sin pensar una señora transeúnte. La descalifiqué poniendo cara de no conocerla y volví la mirada otra vez hacia las maniobras de los bomberos, reforzados ahora por un recién llegado camión de "emergencias y catástrofes", como rezaba una leyenda de grandes letras sobre su costado. Dijo alguien en un tono agrio que pude percibir: “después de la tragedia de la disco, despliegan cada vez más equipo, aunque no haga falta”.

Las ambulancias comenzaron a retirarse vacías: no hacían falta. Dos o tres de ellas habían transportado un total de siete personas -con problemas respiratorios ocasionados por el humo- hasta el hospital italiano, a menos de doscientos metros del lugar siniestrado.

En un momento escuché un comentario que me sacó de la película que pasaba ante mis ojos. Sólo cuando me dí vuelta, y me encontré con varios rostros que se volvían en la misma dirección, pude saber que era el muchacho que recibe y entrega los autos en la cochera de enfrente, el que había escrachado -no sé bien a quien- con sus palabras: “cuando llega diciembre, hay que cobrar los seguros”.

Pasamos por el bar de la mitad de cuadra y vimos que Crónica transmitía nuestro incendio en directo, a todo el país: una voz en off cerraba los comentarios diciendo que había habido “un incendio sin víctimas en almagro” y que “el tránsito vehicular acababa de ser restablecido”.

En el viaje de vuelta a casa no saludé a nadie.

miércoles, diciembre 14, 2005


Ayer mi padre hubiera cumplido 92 años. En el próximo febrero habrán pasado 8 de su muerte. Últimamente siento que se avecina una apertura en la que mi relación con él de alguna manera revivirá. No sé si comenzaré por sentir de un modo nuevo lo que significó su pérdida o si celebraré íntimamente que él haya sido mi padre. No sé, pero me parece que su onda protectora y proveedora vuelve multiplicada por las diversas personas de bien que he conocido en el último año y medio, y que me rodean. Personas francamente buenas, que se han quedado cerca. Mostrándome cosas, dejándome aprender, respondiendo con inteligencia y afecto a mis palabras, muestras de cariño, intentos de enseñar, y a mi eterna disposición a llevarlos conmigo.

lunes, diciembre 12, 2005


Estuve en el Solar del Aguador. Había cosas por hacer y estaba cansada. Fue una semana larga y trabajosa. Dejé instrucciones para hacer tareas que me hubiera gustado hacer yo misma. Aún así, disfruté de la tarde, tomé mate sentada sobre la hierba, conversé con Cristina, Mauricio y Susana, vi jugar a Facundo. La magnolia tiene cuatro o cinco flores muy grandes y perfumadas. Revisé la enredadera del cerco porque recordé que en Ituzaingó, Corrientes, ya estaba florecida. Acá le falta todavía, pero creció muchísimo.
A las doce y media de la noche sali para la radio. Hice dos horas de programa en vivo. Planteé la idea de ponerle nombre a los lapsos vividos después de los cincuenta años. La gente propuso ideas buenas como "Otoño dorado" o "Rosa de Otoño". También "juventud distinta" o "volver a empezar". A la mayoría les agradó pensar en una fiesta donde se celebrara el ingreso o la salida de determinada década. Me gusta mucho hacer radio. La comunicación con gente de diferentes lugares. Llamó una señora desde Soriano, Uruguay, al tiempo que gente de La Plata, de Capital, de Merlo, en fin... la radio es una magia en la que me gusta sentirme envuelta.

sábado, diciembre 10, 2005


Vuelvo de Ituzaingó, provincia de Corrientes. Estuve desde la mañana del jueves 8 hasta la noche del viernes 9. Un relámpago, si se toma en cuenta la distancia que separa Buenos Aires de aquella localidad. Mis sensaciones son encontradas. Estoy feliz porque ví el Paraná tan de cerca que si me hubiera quedado un día más seguramente lo hubiese tocado. Siempre el Paraná me impresionó. Hasta las múltiples canciones que se han escrito elogiándolo me conmueven, como si hubiera tenido experiencias más cercanas.
Este año viajé cinco veces a localidades del litoral. Siempre para difundir el pensamiento de la Escuela, siempre con un grupo dispuesto a escuchar, a practicar, a probar, a cambiar.
Esta vez trabajé con un grupo de personas residentes en Ituzaingó. Mayoría aplastante de mujeres. De todas las edades, entre 22 y 86. Recelosas al principio, entusiasmadas al final. Trabajaron con el cuerpo siguiendo a Cristina, resultaron sorprendidos, como pasa casi siempre cuando ella trabaja y propone consignas divertidas que nada tienen que ver con lo que la gente asocia a actividad corporal, "educación física", como Cristina le llama. Su trabajo es brillante, dinámico, novedoso, artístico, expresivo, sorprendente. Saca de las personas el deseo de jugar que está allí no más. Lo promueve, lo empuja si es necesario... Y cuando se instala un bailecito, un juego, una mueca, un saludo gracioso, todo cambia. El trabajo se convierte en algo lindo para todos, se nos va la ansiedad y naturalmente nos alegramos y nos da tranquilidad estar juntos.

Aflojadas las tensiones, nos preparamos para hablar de "Afinidades", que era el tema del encuentro. Por momentos nos seguían ellas, por momentos nosotras nos esforzábamos para acompañar sus intervenciones, sus ideas, sus aportes. Algunas nos contaron sus deseos de armar proyectos tipo centros para mejorar la calidad de vida, otras nos hablaron de sus dificultades para criar a sus chicos, otras reflexionaron sobre la diferencia de la crianza que habían recibido y la que daban a su tiempo. La mayoría eran docentes y profesionales: médica, kinesióloga, profesora de yoga, maestras, directoras de escuela. Varias estudiantes de psicología y psicopedagogía, el jefe de enfermeros del hospital zonal.
Hay algo que quiero destacar de este viaje y se trata justamente de la respuesta de este grupo al planteo de "afinidades" que tiene que ver con dejarse permear por las impresiones sensoriales: el olor de los otros, el tacto de otras pieles, las voces que oímos, los ojos que miramos, las sensaciones gustativas cuando besamos. La gente de Corrientes tuvo mucho menos reparo que la de Buenos Aires para expresar anécdotas y conductas habituales en donde podía hallar las expresiones de los sentidos. Hubo ejemplos que no olvidaré, como el de Norma: ella dijo que solía aproximarse a los otros tocándolos, que pensaba que formaba parte de su modo y que muchas veces, sin darse cuenta, lo hacía con el fin de apaciguar el ánimo de alguien que se le acercaba a reclamarle algo de mal talante (Norma es directora de escuela y se refirió en particular a las actitudes de los padres de los alumnos para con ella o con las autoridades de la escuela, en general). Noelia, por su parte recordó que su papá solía olerla, lo mismo que a sus hermanos, cuando se acercaba a saludarlos. Una mujer de 86 años dijo que otra allí presente, a pesar de ser menor que ella, le recordaba a su mamá y que siempre que la abrazaba podía percibirlo y la conmovía: no ocultó su emoción al decirlo. Un muchacho contó que recordaba la voz de una tía que, de niño, solía acusarlo falsamente -al igual que a sus hermanos- y hacer que sus padres los castigaran: dijo que pocos días atrás escuchó a alguien expresarse con una voz similar y que instintivamente se alejó del lugar.
¡Cuántas cosas valiosas hay en una experiencia grupal desarrollada con el sincero fin de aprender todos de todos! Se supone que Cristina y yo éramos las que íbamos a enseñarles. Y lo hicimos... Pero aprendimos mucho de ellos también y, particularmente, de su actitud sensible, humilde y abierta.
Hablamos de volver a contactar. Haré todo lo posible para lograrlo.

domingo, diciembre 04, 2005


Estuve en el Solar del Aguador. Es mi lugar pero no porque alguien lo haya escrito, sino porque pertenezco a su paisaje.
Caminé y miré la llanura. Ni los alambrados, por bajos, me impiden ver hasta donde puede mi ojo. Miré largo. Miré alargada la llanura.
La llanura da gente de pocas palabras. Poetas con mucho silencio y músicos de milongas con sentencias. Da caminadores de senderos que saludan -inclinando apenas la cabeza- a otros caminadores, que responden tocándose levemente el sombrero.
Fui testigo del olor de la hierba y los jazmines me impusieron su dulzor. Un golpe blanco, lechoso, con un perfume parecido al del maíz.
Cuando me iba, sentí lo mismo que cuando volvía de Junín dejando allá a los que me querían. En el tren solía llorar amargamente: extrañaba. El Solar reverdece los recuerdos de mis abuelos, mis tías solteras con sus novios, la calesita, la visita a los vecinos del barrio, la calle de tierra y el olor de cuando la regaban. La alegría inmensa de llegar y saborear ese huevito que mi abuela había reservado para mí.El miedo del último día, llorar, disimular y el ramito de violetas que ella me daba minutos antes de la partida.

El Solar del Aguador es mi lugar, mi tierra. Deseo poder permanecer allí más tiempo. Pondré este deseo entre mis propósitos 2006.

martes, noviembre 29, 2005

Hoy me detuve en el blog de Gallo, que recomienda A.R. calurosamente. La última entrada publicada mostraba una foto que ilustraba un proyecto, en Holanda, que puso a jóvenes a enseñar a mayores de 60 a manejar la compu para navegar por internet y comunicarse por correo electrónico.
Era la misma idea que había tenido y que me llevó a alentar a Lean a que diera clases a la gente que viene a la Escue.
Me regocijó. También comparé el poder de los tipos que podían hacerlo desde el estado, contando con una iglesia como aula y contratando a doscientos flaquitos, poniendo doscientas notebooks, los buzos todos del mismo color, tanto para profesores como para alumnos. Después visité la web del proyecto y, aunque los textos estaban en holandés me parecía entender por la emoción que sentía.
Le escribí un mail a Alejandro y le conté. Me prometió reenviarle el mail a Gallo para ver si me posteaba un comentario en el wblog. ¡No lo podía creer! No importa si no ocurre, pero... y si ocurre? Me dio vuelta la cabeza y comencé a pensar en reemplazar la radio por estos medios nuevos.

jueves, noviembre 24, 2005


Magdalena y Gonzalo... un amor.

miércoles, noviembre 23, 2005


Contactar con José C. después de tantos años... Qué gusto! Parece que todo lo que alguna vez dije o hice volviera a mí con la intención de ayudarme a resolver mis miedos, mi supuesta omnipotencia, el imperio de no fallar, el compromiso con todos en vez de con algunos.
Un alivio, un gran alivio, por cierto.

El intercambio con Alejandro Rozitchner alimenta las mejores partes de mí. Pienso, discurro, y hasta puedo contradecirme sin temor a perderme. Todo lo que pienso vuelve a tener sentido. Me fanatizo menos.

viernes, noviembre 11, 2005


Vengo del campo.
Estuve sólo escasas dos horas allí. Acomodé cosas, hablé con el encargado que se rehabilita de una lesión en la rodilla, dí órdenes para él y para el peón, limpié el bidón de agua del auto que lo requería, hice un par de llamadas telefónicas, ayudé a trasladar cosas de una casa a otra y me fuí. Como siempre, con ganas de quedarme. Con planes de volver para estar "por lo menos dos o tres días". Últimamente se ha tornado difícil cumplir esta promesa. El trabajo en la ciudad cada vez es más cuantioso y más complejo.
El Solar estaba bellísimo: lleno de flores, a pleno sol. Un poco largo el pasto, pero con sus notas agrestes, de todos modos lindo. A veces me pregunto qué hago en la ciudad. Las respuestas acuden veloces, por supuesto. Pero lo que quiero decir es que por momentos siento que mi tiempo se pierde porque no estoy allí. La pregunta es por qué no vivo allí. Traje una foto para compartir. La agrego y sigo viaje.

jueves, noviembre 10, 2005


El Solar del Aguador es el lugar donde me encuentro conmigo misma. Camino por la tierra, sintiendo mis pies, me doy cuenta de que respiro y miro las plantas con atención. Conozco cada árbol, aunque no todos sus nombres. Sé que cuando aparece una flor blanca, azahares por ejemplo, otras flores blancas lo harán también. Jazmines, calas, magnolias y azucenas también. El tiempo del blanco es contemporáneo del rojo. Las mirtáceas, como el "limpiatubos" que en realidad se llama callistemon, y el "falso guayabo", cuyo nombre en latín no recuerdo.
Me gusta caminar por el campo aunque las distancias sean largas. Me gusta aunque varias veces deba recorrer los mismos lugares, porque me olvidé una herramienta por ejemplo.
No me agrada estar dentro de la casa. Me molesta cuando me llaman por teléfono y tengo que dejar lo de afuera por algún asunto de la ciudad.
A la hora del crepúsculo sí me atrae la casa y me parece confortable. Encuentro gratos sus grandes salones, en general no me agradan los ambientes pequeños. Hago un poco de música, sobre todo si estoy acompañada. Toco el bandoneón o canto un poco acompañándome con la guitarra. Si está Cristina, mucho mejor.
En cuanto cae la noche me da sueño, muy temprano si comparo la hora con la que suelo acostarme en la ciudad. Hace poco leí que, en contacto con la naturaleza, la oscuridad de la noche provoca la secreción de melatonina en sangre, lo cual lleva al sueño. Siempre me sorprenden los datos de las hormonas...