LA VISITA DE CELSARecibí la visita de Celsa D. en el Solar del Aguador.
Se alojó en la "casa blanca", una vieja casona existente cuando nos hicimos del lugar.
Representó para mí agregar una buena dosis de satisfacción a cada una de mis llegadas al campo durante la semana que permaneció. Al bajar del auto, acalorada y aún marcada por el ritmo loco de la ciudad (
que me parece que este enero no paró, ni siquiera se vació como en otros), la encontraba echada bajo la sombra de un árbol añoso, durmiendo sobre una lonita nueva, rayada multicolor, que seguramente compró días antes de su viaje, paladeando este uso. Sin querer molestarla, con sólo el sonido de la puerta del coche al cerrarse, solía despertarse y se acercaba a recibirme. De inmediato me regalaba datos sobre su estado de ánimo. Conmovida, emocionada, tocada y alegre de sólo estar, decía sentirse en su sitio. Viviendo la realización más concreta de un sueño alentado por años. Tan generosa en agradecerse, y a mí y a todos sus dioses esta posibilidad, me llenaba de expresiones de aliento para que continúe trabajando a fin de llevar este proyecto a su realización completa.
En una oportunidad llegué cerca de mediodía y compartimos el almuerzo. Estábamos solas. Cuando le propuse bendecir los alimentos que íbamos a tomar, se puso tan contenta que comenzó a relacionar lo que estaba pasando con las mejores cosas de su vida. Casi no comió, producto de la emoción. Narró sin pausa anécdotas que la hacían reir y también a mí.
Me hizo bien. Sentí que el esfuerzo de cada día, de cada elección, de cada emprendimiento relacionado con el campo, cobraba sentido en su plácida sonrisa. Prometió volver y ayudarme en las refacciones, indispensables, que tengo planteadas en la casa.