lunes, febrero 13, 2006

LOS PERROS DE LAS CASAS VECINAS...

Los perros de las casa vecinas me molestan mucho. Hay uno que combina ladrido con llanto. Queda en el jardín por un par de horas a veces y no puede entrar a la casa. Nunca supe si se lo olvidan afuera o a propósito lo dejan porque no quieren que entre. La ventana de mi sala de trabajo, donde escribo y también atiendo a los pacientes, da a la calle justo enfrente de la casa de Pancho, un cocker spaniel manchado blanco y negro. Hay horarios, sábados y domingos a la tarde, por ejemplo, en que el ladrido-llanto de Pancho es acompañado por las voces de niños pequeños, que juegan a corretear por las veredas y cuyos gritos se escuchan claramente desde mi lugar. En días de semana, entre las diecinueve y las veinte, infaltablemente Pancho lamenta su exclusión de la vida doméstica.
También están Perla y Chocolate, madre e hijo, dos mestizos que viven en el tercer departamento del pasillo de planta baja de nuestro mismo edificio, y se niegan a registrar como conocida a persona alguna.
Ladran a cualquiera que transita por el corredor, así sean los mismos vecinos que pasan a diario, más de una vez. La mayoría de las veces que esto ocurre, sus voces incitan a ladrar a Raúl, el perro de la señora del fondo. Raúl es epiléptico, lo cual lejos de reducir su énfasis para vociferar al divino botón, por cualquier movimiento, parece haber incrementado aquella capacidad, llevándola al nivel de la exasperación.
Lo particular de Raúl es su voz gutural, como si proviniese de una garganta castigada por el cigarrillo, o de las cuerdas vocales de una docente con más de veinte años al frente de grado.

Con frecuencia suelo grabar las sesiones para que mis consultantes puedan volver a oír el diálogo que mantenemos, el modo como ellos mismos plantean sus cosas, mis propias opiniones, señalamientos o participaciones, porque me parece que esas escuchas pueden enriquecer la asimilación de los elementos terapéuticos. Me ha tocado atender a personas que padecían angustia, con un agregado de patetismo a cargo de Pancho y sus aullidos, desde la vereda de enfrente. He tenido que verter
mis asertos sobre la vida de humanos que confían en mis conocimientos, en el marco de un estrepitoso contrapunto de ladridos entre Perla, Chocolate y Raúl, que claramente atentaron contra mi lucimiento profesional. Todos estos sonidos acompañantes han quedado –claro está- grabados en los casetes de esas personas.

La mejor y una de las más caras ventajas competitivas de mi trabajo se ha visto, pues, invadida por los ladridos que casi convirtieron el contacto en un número de circo.

martes, febrero 07, 2006




ME GUSTA JUJUY CON TODA EL ALMA
Así se llama la canción y así volví, con este afecto profundo, este acercamiento a ciertas cosas de las que me siento parte. Como si mi país, palmo a palmo, fuera mi sangre, mi familia, y me moviera por él con toda seguridad.
Los miedos están en Buenos Aires, donde hago el esfuerzo de vivir diariamente y no consigo irme a dormir sin criticar la poca seguridad de mi casa. Poca seguridad ¿con relación a qué? Si mi vieja casa me aloja y me refugia todo lo bien que puede, si es grande para todas mis cosas, mis papeles, mis trapos, mis amores... Mi casa es como esta Argentina que recorrí hasta la punta y en un desborde del alma me fui hasta Villazón a buscar las especias, lo mismo que trajo a los conquistadores. Pero fui en son de paz, a contagiarme de la quinoa y el maíz. A que me arrebate el ají picante y los tamales me dejen preguntarme por las manos que hicieron sus nudos.
Comí el amor de los dulcecitos y bebí unos vinos tiernos y amarillentos. Me saqué fotos con los niños collas que quisieron acompañarme y le robé el alma a las cholas que se negaron a dármela. Que me perdonen. Quería traérmelas para ponerlas aquí, para que los que lean ésto las reconozcan y las recuerden. Les copien la actitud apasionada por los propios objetivos, pequeños tal vez, -para algunos quizá insignificantes- pero agrandados por el respeto con que ellas cada día los retoman, los caminan, los compran y los venden y nunca los regalan.
Viva Jujuy, viva la Puna, viva mi amada.
Vivan los cerros pintarrajeados de mi quebrada!