domingo, julio 30, 2006



Es bueno haber aprendido a subir videos al blog. Hacía tiempo que lo deseaba. Realmente Leandro es un "as" enseñando computación a mayores de 50 años, como yo. A propósito, esta es Carlota, haciendo gala de equilibrio y ganas de jugar. Apoyada levemente sobre el monitor de la compu, juega con un adorno del cuarto de Magdalena, pendiente del techo.

sábado, julio 29, 2006



Aproximadamente un mes atrás, el domingo a la noche apareció un ratón en la cocina. Provocó pánico. Nunca habíamos experimentado algo semejante. Pedimos ayuda a un amigo, que vino a auxiliarnos pero, aunque lo vió -(confirmando definitivamente nuestros temores -guardábamos la lejana esperanza de que fuera un gato de la vecindad, al que hubiéramos confundido con su natural enemigo-)no pudo cazarlo. Tuvimos que irnos a dormir con la sensación de "casa ocupada".
A la mañana siguiente apareció un alimento roído sobre la mesada. Nuevamente el pánico, sumado al asco y la desesperación. Hablamos con el fumigador: dijo que si era una sola rata, o hasta dos, no valía la pena echar el veneno que él usa porque era muy riesgoso para la perra y aún para nosotros, y aconsejó que pusiéramos dos tramperas con queso. Haciendo caso omiso de nuestro terror aseguró que, al otro día, en la trampera aparecería el cadáver del ratón. No calmó para nada nuestra ansiedad. La sola idea de pasar una noche más con el ratón en la casa y, además, ir al día siguiente a constatar su defunción en la trampera, nos pareció repugnante.
Eran las siete de la tarde y teníamos que resolver rápido porque un grupo de personas esperaba nuestro trabajo. Pensamos en traer un gato. Mejor una gata, por aquello de que los gatos machos hacen pis en las paredes en forma de abanico y tantos cuentos por el estilo. Uno de nosotros opinó que las gatas por su parte lloran muchísimo cuando están en celo. Lo sabíamos. No solamente lloran: poco después de estar en celo tienen gatitos. ¿Qué haríamos con ellos? No teníamos respuesta para estos interrogantes: el pánico en cambio crecía al punto que para esa hora ya nadie quería entrar a la cocina ni a buscar agua.
Mientras Cristina comenzaba la clase, busqué afanosamente un aviso de veterinarias. Encontré varias que no tenían gatitos (ni gatitas) en venta. Algunos ya cerraban y otros no vendían animales: sólo alimentos balanceados. Me prometían una gata para la semana próxima: agradecí aún sabiendo que no los visitaría. Seguí la búsqueda hasta que encontré y, aproximadamente, cuarenta minutos después estaba de vuelta en casa con una bella siamesa de dos meses y medio.
Del ratón ya ni nos acordamos: Carlota nos salvó, con su sola presencia.
En el video, Carlota en uno de los inusuales lugares que eligió para divertirse. Un móvil que pende de un hilo desde el techo sobre el monitor de una computadora.