jueves, julio 31, 2008


Son unos días tranquilos. Esperanzados. Valiosos.
Hace dos meses comencé a trabajar en el taller de texto breve de Sandra Russo, una escritora excelente. Allí conocí a un grupo de compañeros excepcionales, con quienes empecé a reflotarme anímicamente. Me reencontré, me revaloricé y dejé atrás actitudes de profunda y triste solitariedad ("haciéndome el triste, haciéndome el lobo"). Me estoy reidentificando políticamente, construyendo un modo nuevo de ver las cosas y, sobre todo, volviendo a arrimarme a la cosa pública con el interés que siempre me despertó.
El día del amigo recibí un mensaje de texto de Ana, a quien conozco hace más de veinte años. Una mujer afectuosa, que me dirigió su cariño de siempre en el momento justo o en la forma más tocante. (Jamás valoré el día del amigo, es más, denosto de las fechas comercializadas: aunque este año un comentario de un compañero del taller me hizo reflexionar en un sentido diferente. Dijo Adrián que en Argentina, fuera de lo comercial, tiene sentido celebrar el día del amigo porque se hace un verdadero culto de las amistades. Compré.)
A partir de ese domingo, en que tuve además un excepcional encuentro con Constanza R. que ya comentaré aparte, dí continuidad a la comunicación con Ana y encontré una zona de resuello, un afecto balsámico que me repara de muchos momentos duros que me tocó vivir en el último tiempo. Parecía que todos los hechos difíciles de los últimos diez años querían converger sobre mi cabeza: me presionaban los miedos, me acorralaba la soledad y la falta de determinación para acabar con ella de algún modo.
Me siento mejor, mucho mejor. Y estoy de vuelta en mi blog, lo cual no es poco.

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